Imagínate que un día, uno de esos tantos viernes en los que sales con tus amigos a cenar, comienzas a tener un horrible dolor de cabeza. Imagínate que, de repente, apareces en la cama de un hospital y que, cuando intentas articular palabra, hablar con quienes te rodean, preguntar simplemente qué es lo que te ha pasado, la cara no te responde. Ni siquiera eres capaz de escribir porque has perdido la capacidad de articular palabra, es como si las hubieras perdido.
Eso le pasó a Isabel Palomeque un 28 de febrero. Ella tenía tan solo 24 años y, por tanto, toda la vida por delante. Trabajo, familia, estudios, amigos y pareja; su vida era como la de cualquier persona de su edad hasta el día en el que le dio el ictus.
Este libro me lo he tenido que leer para un trabajo del instituto. Estoy estudiando Integración Social, en segundo curso, y nos pidieron que escogiéramos un libro sobre una lista de enfermedades que nos proporcionaron. Francamente, no es una historia que yo me hubiera interesado en leer en un principio, por mí misma; pero he de reconocer que ha sido, no solo una grandísima elección, si no también una de esas lecturas que te hacen crecer como persona y agradecer muchísimo lo que tienes y posees. Isabel, como yo, es de Barcelona, cosa que me ha hecho, quizá por la proximidad, ser consciente de que esto también podría pasarme a mí. Ella era una chica como cualquier otra, de mi ciudad, una de esas muchas historias que se cuecen en una población tan grande. Ojalá, como bien dice ella, nunca hubiera tenido que escribir este libro. Ojalá yo no tuviera que estar haciendo esta crítica de su obra; ojalá Isabel hubiera continuado con su vida de todos los días. Ojalá.
Las discapacidades son muy malentendidas. He podido hacer prácticas en un centro, con personas con parálisis cerebral, y a pesar de la proximidad, aún no he entiendo sus limitaciones y sus miedos, sus penas y sus dolores. Y es que señores, la realidad de no ser como los demás, de ver que los otros son capaces de hacer cosas que tú no puedes hacer, es muy duro. Seguro que cuando te levantas no te planteas la suerte que tienes de poder hacerlo por tu propio pie, ¡qué suerte tenemos y que poco la valoramos! Vivir condenado a la soledad, al aislamiento, a no tener amigos más allá de gente como tú... Esa es la realidad de muchas personas con discapacidades físicas y psíquicas. En el caso de Isabel, el ictus no le afectó a la parte cognitiva. Sigue siendo igual de capaz de aprender, de pensar... Pero lo que falla, es la expresión, la comunicación. La afasia es un trastorno del habla en el que el afectado no encuentra las palabras para expresarse, ha dejado de relacionarlas con los objetos, cosa que le dificulta mucho la conformación de frases.
La base de la inteligencia humana se rige por el lenguaje, ¿qué queda de ti cuando pierdes la capacidad de expresarte? Esta, y muchas otras cuestiones se abordan en Alta Sensibilidad, un libro que habla de primera mano, con sinceridad, de las consecuencias que deja el ictus en la vida de quien lo padece. La frustración, el negativismo y la indiferencia de los médicos, el sufrimiento de la familia, la desaparición paulatina de las amistades... Una de las partes que más me ha llamado la atención del libro es como describe las consecuencias "sociales" de su discapacidad, la pérdida de la pareja, de aquellos a quienes quería. Es algo a lo que todos nos hemos enfrentado en la vida, pero que para alguien en la situación de Isabel resulta aún más doloroso, más penoso. Sin embargo, ella afronta la enfermedad con positivismo, con optimismo, pues de creer en el pesimismo de los médicos, de bien seguro que, tal y como ella dice, a poco hubiera llegado.
La historia de Isabel Palomeque es una historia dura, contada sin embudo, con crudeza, matices de desesperación y realismo. Es la historia de alguien que vio su vida truncada y a quien le tocó enfrentarse, no solo a una enfermedad durísima, si no también a la desconexión completa y repentina de la persona que era anteriormente. Pero sobretodo, es una historia llena de vida, de seguir para adelante y de carpe diem. A mí me ha hecho pensar mucho en como abordo mi vida diaria, en los pequeños privilegios, en mi independencia y en como la menosprecio. Este es uno de esos relatos para reflexionar. ¿Estamos viviendo al máximo, o estamos viviendo atados a nuestros propios miedos que, sin sentido, nos hacen cometer los mismos errores una y otra vez? No lo sé. Es una pregunta que dejo un poco al aire. Me pregunto que diría Isabel si se la preguntara, aunque creo que sé lo que me contestaría: Quiero vivir. Eso lo tengo muy claro. Y además, quiero que esta vida sea como yo decida, tal y como cita en su libro.
Es una obra que recomiendo si quieres aprender a empatizar más con las personas discapacitadas. Además, se lee rápidamente, y a lo largo de sus 140 páginas se encuentra encerrada una de las lecciones más vitales de la felicidad humana: La gratitud por la vida, por nuestra independencia. No hay ninguna vida que valga menos que otra, y la que reside en Isabel, por lo que vemos entre sus palabras, tiene una fuerza y una luz que hará de faro para los perdidos. Me quedo con esta valoración, me quedo con la lección que ha dejado en mí y, sobretodo, me quedo con su historia. Mucho ánimo estés donde estés, Isabel.
¡Nos leemos pronto!
Jane.

Konnichi waaa! ~~~ <3
ResponderEliminarHay un "bichito raro" que acaba de toparse con esta entrada (yo también estudio Integración Social y estoy leyendo este libro para hacer un trabajo) y creo que podríamos compartir cositas muy interesantes.
Si te place te dejo mi Facebook porque el Blog y el Twitter apenas lo utilizo: https://www.facebook.com/hina.hikari.9
Matta neee~~~! ^0^)/